Él andaba por la vida y había hecho un hábito. Los relatos siempre eran a su manera dejando falazmente de lado los daños que había causado. Para hacer más creíble su discurso, lo ponía en la misma línea de su naturaleza embustera; lo contaba una y otra vez a conocidos, a desconocidos… o al que pasara por lo esquina, tal vez para convencerse de que lo que decía era cierto. Daba lo mismo.
Espejismos eternos de verdades tapadas por mentiras. Con el mismo convencimiento que tiene un niño para creer que su palo de escoba es su caballito de juego, su relato falso de historias fabuladas, se hizo para él su modo de vivir. Engañaba todo el tiempo que su humanidad le permitía. No desconocía lo mendaz de sus palabras… pero eso poco le importaba.
Construyó un disfraz, lo deslizó sobre su cuerpo tejido de engaño, sostenido por pies de arena. Arena, arcilla, barro le daba igual… ensuciar a su paso le importaba un bledo. Una buena base… sostiene; él no la tenía y menos aún ello le importaba. Como un improvisado malabarista algún día caería. Caerían las palabras. Caerían sus verdades inventadas. Caería él. Caería todo.
Ya es tarde. Por primera vez un pensamiento fugaz logró perturbarlo. La vida había pasado muy rápido y también se había divertido más de lo imaginado con su disfraz engañoso… ese disfraz ahora le pesaba, hizo el intento de caminar bien… ir hacia la verdad. Hacer lo correcto se dijo…Pero le fue imposible siquiera dar un paso. No podía avanzar. No podía moverse. Veía alejarse lo que era importante para todos, incluso hoy… para él. ¿Qué ocurría? ¿Si su intención por fin era buena? Miró hacia abajo y por primera vez enmudeció. Sus pies eran de arena.
